El formato estándar de feria automovilística empuja siempre al mismo lugar. Plataforma elevada, vehículo iluminado en el centro, mostradores perimetrales con folleto y café. Funciona para una marca que vende coches. No funciona para una marca cuyo producto es la pieza que se conecta al coche.
El reto tenía dos capas. La primera era de jerarquía visual. Si Wallbox montaba el stand siguiendo la gramática del salón, el cargador quedaba como accesorio, un objeto pequeño junto a un automóvil que pesa dos toneladas y atrae la mirada por defecto. La segunda capa era de pedagogía. El visitante medio del salón no sabe distinguir un cargador doméstico de un cargador rápido, ni qué diferencia hay entre la oferta de un fabricante de coches y la de un especialista como Wallbox. Sin esa diferencia, el stand no comunica.
A esto se sumaba una restricción operativa real. El pabellón 8 con acceso por María Cristina concentra mucho tráfico, y Wallbox tenía que sostener presencia durante los diez días completos del salón más la Nit de l'Automobile, sin que la pieza envejeciera ni perdiera lectura en horarios profesionales y de gran público.











