El cliente plantea una tensión incómoda. La campana de Wall Street se toca a más de seis mil kilómetros, en un edificio icónico que tiene su propia gramática visual. Replicarla en Barcelona sin caer en el decorado de cartón es la primera trampa del proyecto.
La segunda es de tono. Una salida a bolsa convoca a inversores, analistas, medios económicos, partners industriales y a la propia plantilla. Cada audiencia espera un código distinto. Si el formato se inclina demasiado hacia lo institucional, la plantilla se siente espectadora de su propia historia. Si se inclina demasiado hacia lo festivo, el mercado lee frivolidad en un momento de máxima exposición regulatoria.
A esa tensión se suma la ventana temporal. La fecha exacta de cotización en NYSE no se negocia: la marca el supervisor americano. El evento de Barcelona debe quedar listo para encajar en cualquier ajuste de calendario sin perder coherencia con la operación financiera. Producción y agenda corporativa se mueven al mismo tiempo, y el margen de error es estrecho.










