La dificultad editorial de un festival corporativo anual está en su propio éxito. Cuando el equipo de tienda ha vivido una edición que recuerda, el listón del año siguiente lo fija el invitado, no el cliente. Cada elemento de la nueva convocatoria se mide contra la pieza que ya guarda en la cabeza. Si el formato repite, se lee como acomodo. Si el formato cambia demasiado, se rompe el contrato implícito con el que el asistente había vuelto a apuntarse a la cita.
A esto se sumaba una exigencia operativa propia del sector retail. La convención anual de una marca de consumo masivo cumple una función comercial concreta: alinear a la red de tiendas con el plan del ejercicio, presentar producto, reconocer al equipo del año y devolver a la plantilla al punto de venta con energía para la campaña fuerte. Cualquier intervención escenográfica o audiovisual tiene que estar al servicio de ese objetivo de negocio, no compitiendo con él.
El encargo, leído en frío, era doble. Mantener la identidad festival que el equipo de tienda ya reconocía como propia. Y construir, dentro de esa identidad, una experiencia que el asistente no pudiera anticipar desde la convocatoria anterior.















