El kick-off comercial tiene un problema estructural. Pasa demasiado rápido del PowerPoint a la cena, y la transición fuerza al asistente a sostener el modo profesional cuando ya no le queda voltaje. ADP había detectado ese punto muerto en convocatorias anteriores. La fuerza de ventas llegaba al postre antes de haber soltado las hombreras.
El reto era doble. Mantener el rigor de una reunión corporativa de media jornada con un protocolo de catering, accesibilidad alimentaria y proyección audiovisual impecable. Y, sin solución de continuidad, abrir un segundo tiempo en otra ubicación, con otro lenguaje, otro vestuario y otra temperatura emocional, sin que nadie sintiera el cambio como una imposición. El formato estándar de hotel todo el día no funcionaba. Hacía falta separar físicamente los dos universos y construir un puente operativo invisible para el invitado.











